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La Alhambra de Granada

HISTORIOGRAFÍA DE UN PALACIO

LA JOYA MAS HERMOSA DEL ISLAM EN EUROPA

El monumento civil cumbre del arte musulmán en España es, sin duda, la Alhambra de Granada, y es también el más importante palacio musulmán que se conserva en el mundo. El nombre de la Alhambra proviene de una abreviación de Qal’at al-Hamra, en árabe «la fortaleza roja», que hace referencia al color de sus muros, hechos con la arcilla de la colina sobre la que está construida, conocida como la Sabika. La Alhambra está considerada como una de las joyas más preciosas de la arquitectura y uno de los más bellos edificios de todos los tiempos. No muy lejos de ella, hacia el noreste, se yergue el exquisito palacio del Generalife, rodeado de un primoroso jardín, al que con razón se llama «Paraíso del alarife o arquitecto» (Yannat al-arif). Recientes estudios científicos demuestran la mística escondida en la geometría de la Alhambra y la originalidad y belleza de la portentosa decoración de entrelazados, estucos y alicatados azulejos del más notable testimonio islámico de Europa. El Patio de los Leones es uno de sus espacios abiertos más representativos. Igualmente, los jardines del Partal y de los Adarves con sus rimeros de macetas floridas, con recortados setos que bordean acequias, con estanques y fuentes cubiertos de nenúfares, y todo un conjunto, esplendoroso y sutil, asomándose a la legendaria ciudad, al blanco barrio del Albaicín, a las cumbres nevadas de la sierra, y a la aceitunada apacibilidad de la Vega, confirman el refrán andaluz: "Quien no ha visto Graná no ha visto ná".

Los ejércitos musulmanes iniciaron, desde el norte de Africa, la expedición de socorro a los cristianos unitarios oprimidos en la España visigoda, a partir de 710. Y el dominio musulmán en la Península Ibérica duró, con variaciones en los límites territoria­les hasta 1492. Además, muchos musulmanes vivieron en España bajo dominio cristiano y, por lo menos hasta el siglo XVI, las influencias artísticas y culturales islámicas florecieron al servicio de los príncipes católicos. A pesar de casi ocho siglos de autonomía musulmana y de una cultura en sumo grado islamizante, quedan muy pocos monumentos islámicos en España y casi ninguno en Portugal. Los que se conservan sirven sin embargo para ilustrar no sólo la riqueza cultural y espiritual del pueblo y gobernantes del Islam en España, sino también la arquitectura de otras partes del mundo islámico, donde con frecuencia han desaparecido monumentos importantes. Así pues, el palacio real y los jardines nasríes de Granada sugieren no sólo otros palacios desaparecidos de la España Islámica, sino además los conjuntos no conservados del Irak abasí (749-1258), del Egipto tuluní (868-906) y fatimí (969-1171), de la Palermo islámico-normanda (como el Palacio de Ziza, siglo XII) y de muchas otras sedes, especialmente las magrebíes, en Marruecos y Argelia.  

HISTORIOGRAFIA DE UN PALACIO

El historiador y diplomático norteamericano, de origen escocés, Washing­ton Irving (1783-1859), famoso por su biografía sobre el Profeta del Islam (B.P.D.), que fuera publicada en 1849 (ver W. Irving, La vida de Mahoma, Austral, núm. 476, Buenos Aires, 1945), y por su obra cumbre Cuentos de la Alhambra (1832), escribe en su libro Crónica de la Conquista de Granada: «Los salones, ocupados hasta hacía poco por infieles (si alude a su postura frente a Occidente, no se equivoca) enturbantados, estaban ahora llenos de damas distinguidas y de cortesanos cristianos, que recorrían con viva curiosidad aquel palacio de tanto renombre, admirando sus patios rebosantes de verdor y sus fuentes que manan sin cesar; sus salas decoradas con elegantes arabescos y adornadas con inscripciones, y el esplendor de sus techos dorados y pintados de brillantes colores» (de la edición en inglés, Filadelfia, 1829, vol.1, pp. 648 y ss.).

Gracias a este tipo de relato dramático, la Alhambra penetró en la imaginación romántica y popular, en la época en que España se convertía en el país accesible para los literatos franceses o para los aristócratas ingleses en busca de pintoresquismo. Poco antes de Washington Irving, el escritor francés François René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848), había narrado los legendarios romances y trágicas batallas del Ultimo Abencerraje (ver la versión de la Colee. Austral, núm. 50, Madrid, 1979), novela aparecida en 1826. En Los Orientales (1829) del escritor y revolucionario francés Víctor Hugo (1802-1885) y en algunas de las páginas en verso y en prosa más inspiradas de su compatriota Théophile Gautier (1811-1872), en 1840 y más adelante, la Alhambra y, por extensión, Granada, se convirtieron simultáneamente en símbolos de exotismo y en ideales estéticos de belleza de la forma; en un «paraíso terrenal», tal como Gautier la llamó (citado por Albert Champdor, L’Alhambra de Grenade, París, 1952, pp. 12-13), o en un lugar de «bárbara magnificiencia», según Washington Irving (op. cit., p. 14). Estas románticas asociaciones creadas por Irving, Chateaubriand, Gautier y muchos otros, tuvieron también como eco los innumerables hoteles, bares, cines y teatros llamados Alhambra o Granada en los cinco continentes.

El escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875), que se hizo famo­so mundialmente por sus Cuentos, visitó la Alhambra en 1862: «Aquello era delicioso, pero muy pequeño; no hallé la grandeza y el espacio que había imaginado. Sin embargo, según iba avanzando por debajo de aquellos arcos, y a través de aquellos patios y salas, tenía la sensación de que el espacio se dilataba» (Viaje por España).

Otro escritor, el anarquista norte­americano Jack London (1876-1916), autor de novelas como Colmillo blanco, El talón de hierro y Martín Eden, nos brinda un sorprendente testimonio. A modo de prefacio, en un breve texto autobiográfico titulado Mi vida, evoca que en 1885, a los nueve años de edad, deslumbrado por la lectura reciente de los Cuentos de la Alhambra de Irving, decidió construirse con los ladrillos de una chimenea «una pequeña Alhambra privada, con sus torres, sus patios, sus mira­dores y demás detalles».

Tal vez con un encanto más sutil que los escritores, los pintores y paisajistas del tipo del francés Gustave Doré (1832-1883), el escocés David Roberts (1796-1864) y otros como Girault de Prangey, Fred. J. Lewis, Vivian, Bucknall, Asselineau..., dieron al mundo imágenes inolvidables de la Alhambra y acrecentaron notablemente su fama. Desde 1807 a 1889, numerosos y prestigiosos viajeros europeos y norteamericanos llegaron a Granada con el objetivo primordial de conocer la tan ponderada fortaleza roja de los musulmanes: Chateaubriand, Alejandro de Laborde, Washington Irving, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Théophile Gautier, Richard Ford, Edgar Quinet, Edmundo de Amicis...

Hasta los primeros años del siglo XIX, paradójicamente, la Alhambra era una ilustre desconocida hasta para los propios españoles. En la época islámica la fortaleza era capaz de albergar en su recinto exterior un ejército de cuarenta mil hombres. Cuando cayó en poder de los cristianos, la Alhambra fue habitada por los monarcas castellanos. Dentro de su perímetro amurallado el emperador Carlos V comenzó a construir un monumental y pesado palacio, discordante con las armónicas líneas de la arquitectura islámica, que dejó inconcluso debido a los periódicos terremotos que conmovieron por aquel tiempo Andalucía. Los últimos soberanos residentes de la Alhambra fueron Felipe V y su esposa, la reina Isabel de Parma, a principios del siglo XVIII, quienes se prodigaron en cultivar sus jardines y mantener las ins­talaciones. A su partida, el solar caería en la más completa desolación. Los magníficos salones se vieron en ruinas, los primorosos jardines destruidos e invadidos por la maleza y el agua cantarina de las fuentes dejó de brotar. Dice Irving: «Gradualmente fue ocupando los pabellones una pobla­ción vaga y relajada: contrabandistas, que se valían de la independencia dc jurisdicción para matutear atrevidamente en gran escala, y ladrones y pícaros y holgazanes, que convirtieron la fortaleza en refugio, dentro de cuyo asilo tramaban despojos y organizaban robos contra Granada y su vecindad» (Cuentos de la Alhambra, Editorial Porrás, México, 1992, pág. 30).

En el marco del enfrentamiento franco-británico de 1793-1815, el ejército napoleónico entró en Andalucía en enero del 810. El comandante militar de Granada, Horace Sebastiani, un general revolucionario, quedó fascinado al descubrir los edificios musulmanes que dominaban las alturas de la ciudad y decidió instalar su comando en la fortaleza roja. La Alhambra, desierta y colmada de escombros, fue casi totalmente cubierta y restaurada. Los galos sacaron del abandono y la ruina al glorioso y legendario vestigio de la bizarrría y del poderío musulmán español. Repararon los techos, amparando así los salones y las galerías contra las inclemencias y la acción destructora del tiempo; los curtidos zapadores y pontoneros se convirtieron en jardineros creativos que recomponían setos, estanques, canteros y plantaban arbustos y macizos de flores; restableciendo el sistema hidráulico que permitió que las fuentes y surtidores volvieran a fluir alegremente. Al tratar de preservar la Alhambra, esos soldados de Napoleón recuperaron para España el más bello y atrayente de sus monumentos históricos.

El siglo XIX descubrió a los asombrados granadinos la existencia de una ciudadela más gloriosa, portentosa y muchísimo más bella y elegante que la urbe que habitaban, que los haría célebres en el mundo entero. Finalmente, en 1920, el arquitecto e islamólogo Leopoldo Torres Balbás restauró el edificio y le confirió el aspecto actual, sin duda romántico pero históricamente equívoco, ya que las estancias palaciegas prevalecen sobre la fortaleza. La Alhambra era una acrópolis concebida con fines preferentemente militares.  

LA JOYA MAS HERMOSA DEL ISLAM EN EUROPA

El origen remoto de la cumbre fortificada de la Granada islámica data del siglo XI. Fue cuando uno de los últimos soberanos ziríes, Badis lbn Habbús, hizo construir un palacete y algunos jardines dentro de un recinto fortificado, frente al palacio de su dinastía, ubicado en el lado sur del río Darro. Pero sería lbn al-Ahmar, de nombre propio Muhammad, perteneciente a una noble familia musulmana que de antiguo se había establecido en Arjona (Aryúna) en la cora de Jaén (Yayyán), el primitivo fundador de la Alhambra. Era descendiente de Sad Ibn Ubada, compañero del Santo Profeta (BPD). Uqail iba Nasr, tío de Muhammad, fue el primero de la familia que tomó el apelativo de al-Ahmar, que quiere decir El Rojo. Los occidentales llaman nazaríes o nasríes, a los que los musulmanes granadinos conocían como alhamares (recomendamos muy especialmente consultar al respecto la obra erudita del profesor doctor Cristóbal Torres Delgado, El antiguo reino nazarí de Granada (1232-1340), Ediciones Anel, Granada, 1974).

Dice la prestigiosa escritora mexicana Ofelia Garza de del Castillo en la introducción al famoso libro de Irving:

«La grandeza de la Alhambra comienza en 1238 cuando Muhammad ben Alahmar, de la dinastía nasarí, se apoderó de Granada, después de haber dominado Jaén, Baeza y Guadix.

Cuando Muhammad y su gente de armas llegaron a tierra granadina, quedaron extasiados ante la belleza del suelo que pisaban; sus vegas, su exúbera vegetación, la nieve eterna de los picachos de La Sierra Nevada y el agua que corría abundante en el Darro produjeron en ellos emoción indescriptible. Habituados a vivir en tierra inhóspita, nómades en el desierto por necesidad y por atávica costumbre, los árabes, que llegaban de tierras ayunas y carentes de vegetación, se dejaron conquistar por el suelo de Granada. Y aquellos hijos del desierto, soñadores y poetas por naturaleza, encontra­ron en Granada lugar propicio para realizar sus sueños, y en la vegetación y las aguas, anticipados deleites del paraíso ofrecido por Mahoma» (Irving, op. cit., pág. IX).

Muy relevante es el testimonio del investigador e islamólogo de origen suizo convertido al Islam, Titus Burckhardt:

“...el arte de la Alhambra encontró su continuación directa en el norte de Africa y ahí se mantuvo vivo. La mezquita de París, que fue construida en los años veinte de nuestro siglo por artesanos marroquíes, muestra todavía toda la belleza del arte árabe granadino.

En el Islam no existe diferencia esencial entre el arte religioso y el arte civil; una habitación es siempre al mismo tiempo un lugar de oración, en el cual se pueden ejecutar los mismos ritos que en una mezquita. “La pila de agua en mi centro”, reza una inscripción en la Sala de Embajadores o del Trono, “se parece al alma de un creyente, hundido en el recuerdo de Dios”.

El Patio de los Leones es una imagen del paraíso, pues es originalmente un hortus conclusus, un jardín rodeado de muros, y todo jardín de este tipo es, en el Islam, una imagen del paraíso, cuyo nombre coránico al­yanna encierra los dos significados de “jardín” y “lugar oculto”. Hay que imaginarse las superficies entre las cuatro corrientes de agua que hoy están cubiertas de arena, como arriates cubiertos de arbustos floreciente y hierbas aromáticas. Al plano del jardín paradisíaco pertenecen siempre los cuatro ríos del paraíso que corren hacia los cuatro puntos cardinales o, procedentes de ellos, hacia el centro. Las corrientes de agua del Patio de los Leones nacen en las salas que se abren hacia el norte y hacia el sur y debajo de los baldaquines pétreos justo al este y al oeste. El suelo de las salas se encuentra a un nivel más alto que el del jardín, así el agua que descansa primero en pilas redondas corre bajando por los umbrales hacia la fuente, donde se estanca alrededor de los leones para hundirse. Sí alguien se lavaba en una de sus pilas, el agua permanecía siempre limpia y pura.» (Titus Burckhardt, La civilización hispano-árabe, Alianza Universidad, 175, Madrid, 1979, págs. 250-251).

 Todos los derechos reservados Asoc. Argentino Islámica  

MALCOM X, 

Mártir del Islam

LA CONVERSION AL ISLAM DEL JOVEN LITTLE

LOS MUSULMANES NEGROS 

PEREGRINACION A LA MECA

MARTIRIO Y VIGENCIA

LA PELICULA  

MALCOLM X: EL EJEMPLO DEL MARTIR

Malcolm X nació el 19 de mayo de 1925 en la ciudad le Omaha, a orillas del río Missouri en el estado de Nebraska, en pleno medio oeste norteamericano. Cuando Malcolm tenía cuatro años su casa fue incendiada por reaccionarios blancos. La familia se mudó a Lansing, capital del estado de Michigan. Su padre, el pastor Earl Little, seguidor de Marcus Garvey (1887-1940) —teórico jamaiquino que predicaba el retorno a Africa, apodado por eso el “moisés negro”—, fue encontrado un día con el cráneo deshecho por un culatazo de los encapuchados blancos del Ku Klux Klan (KKK). Su madre, Louise Little, era hija de un blanco y una negra, y había nacido en la isla caribeña de Granada (la misma que fue ocupada desde la madrugada del 25 de octubre de 1983 por marines y boinas verdes estadounidenses). La pobre viuda no pudo resistir la presión de la pérdida de su esposo y la de criar sola a ocho niños y fue internada en un centro para enfermos mentales. La propia Louise era resultado de una experiencia traumática: su madre había sido violada por un blanco y ella era el fruto de ese ultraje. Como si todo esto fuera poco un tribunal decidió privarla de la indemnización por seguro de vida al decretar cínicamente que el pastor Little se había suicidado.

«El llamado ‘problema negro’ es en realidad el problema del hombre blanco.»  

LA CONVERSION AL ISLAM DEL JOVEN LITTLE

Un matrimonio blanco adoptó por un tiempo a Malcolm Little, pero a él no le gustaba que le trataran como a un muñeco”. Más tarde un profesor de literatura blanco, el señor Ostrowski, le quitó la idea de ser abogado. “Los negros rinden más trabajando con las manos que con la cabeza”, le dijo. Muchos años después, Malcolm reflexionaría sobre este episodio de su juventud en su autobiografía:

He pensado muchas veces que si el señor Ostrowski me hubiese animado a ser abogado, hoy pertenecería a esa burguesía negra que ejerce profesiones liberales, frecuenta cócteles y se considera portavoz y conductora de las sufridas masas negras, cuando en realidad su preocupación principal es la de “integrarse” con los blancos frisos y mendigar las migas que éstos les ofrecen a disgusto. Doy gracias a Allah por haberme enviado a Boston en aquel momento. De lo contrario, hoy sería uno de esos negros cristianos que tienen el cerebro lavado (Malcolm X, Autobiografía, con la colaboración de Alex Haley, Edi­ciones B, Barcelona, 1992, pág. 53).

Fue entonces que Malcolm se empleó de lavaplatos (dishwasher) en los trenes. Conoció otras ciudades. Se sumergió en el submundo de Harlem, el barrio negro de Nueva York. La miseria y la marginación lo empujaron al delito y a la promiscuidad. Hizo dinero fácil vendiendo droga, enredándose con el vicio, los asaltos a la propiedad ajena, el jazz y la vida nocturna. En 1946, pillado con las manos en la masa, en Boston, adonde su media hermana Ella Mae le había llevado tras el desastre familiar, el ladrón Malcolm Little, el gigante de pelo rojizo, alias Detroit Red (Rojo de Detroit), acabó en la cárcel por tráfico de marihuana y prostitución de mujeres. Pasó por tres prisiones y en la tercera, la Estatal de Norfolk en Massachusetts, se produjo una gran transfiguración. Sus hermanos Philbert y Reginald, le acercaron material y recomendaciones —entre ellas, la de no comer cerdo— sobre un nuevo grupo político-religioso inspirado en el Islam, los Musulmanes Negros (Black Muslims). Malcolm comenzó por negarse a comer los platos con carne de cerdo. Al evocar aquellos mo­mentos, escribe:

Yo me sentía extrañamente orgullo­so. Siempre se dice que los negros, presos o no, no pueden pasar sin cerdo. Los presos blancos estaban sorprendidos, lo que me causaba gran satisfacción. Más tarde, comprendí que había hecho, sin saberlo, un acto previo de sumisión al islamismo. Había obedecido a la prescripción musulmana que dice: “Da un paso hacia Allah, y Allah dará dos pasos hacia ti.”

 Malcolm entonces se dedicó a escribir cartas a Elijah Poole Muhammad (1897-1975), el líder del grupo que oficialmente se denominaba La Nación del Islam, y se esmeró en progresar y pulir su educación: durante el día estudiaba el diccionario palabra por palabra, para agilizar sus lecturas del Corán y para que su próxima defensa no descansara exclusivamente en la retórica de sus abogados. Cuando salió de la prisión en 1952 (tenía una sentencia de diez años que fue reducida a siete por buena conducta) ya era miembro del grupo. En la prisión abandonó su apellido. Como otros negros militantes, consideraba que el apellido que había recibido al nacer perpetuaba el nombre arbitrario impuesto por los amos de los esclavos traídos de Africa. Siete años después salía de la cárcel convertido en un asceta: ya era un musulmán negro. “El cristianismo me llevó a la prisión —solía decir—,y el islamismo me sacó de ella”.

«El Islam es la única religión que acaba con el problema racial»

LOS MUSULMANES NEGROS

El grupo de los musulmanes negros representó todo un cambio en las luchas de los negros norteamericanos por los derechos civiles. A medias religioso y combativo, constituyó una de las tendencias más radicales del movimiento negro. Su génesis comienza en un personaje casi mítico, a quien pocos llegaron a conocer personalmente. Wallace D. Fard, un mestizo de sangre negra y árabe, apareció en 1930 vendiendo telas en los barrios negros de Chicago. El hombre era un predicador, filántropo y utopista, que se decía enviado por Allah y propugnaba el viaje de todos los negros norteamericanos a Medio Oriente. En medio de la recesión, Fard consiguió con­vencer a no pocos negros pobres de la ciudad en tan solo un año: en ese año fundó el grupo La Nación del Islam y en 1934 ya no se supo más de él. Su puesto, al frente del grupo que ya se llamaba Musulmanes Negros, lo ocupó Elijah Muhammad. En la década siguiente, el grupo creció alimentado por el odio que instigaban los actos del Ku Klux Klan. Aunque las mujeres llevaran la cabeza cubierta y los adeptos cumplieran la mayor parte de las prescripciones musulmanas, la nueva religión que predicaba Elijah Muhammad no era de ninguna manera la religión del Islam revelada por el Santo Profeta y Mensajero de Dios, Muhammad Ibn Abdallah (la Bendición y la Paz sean con él y su descendencia purificada), sino una suerte de mitología inventada solamente para los negros norteamericanos en su confrontación con la opresión y el racismo de los blancos.

Al salir de la prisión, Malcolm, que una vez convertido adoptó la X, viajó directamente a Chicago a ver a Elijah, su líder. Este lo destacó en distintos puntos del país, hasta que lo nombró ministro del templo número siete de Nueva York, ciudad de importancia cardinal. Allí Malcolm, como portavoz de La Nación del Islam, organizó colectas de fondos e hizo posible el periódico Muhammad Habla. En Harlem, donde en otros tiempos vendía marihuana y cocaína, ofrecía a las masas ideas revolucionarias, altas dosis de orgullo y autoestima y capacidad de acción. Nada de conformismos y de poner la otra mejilla. Malcolm rechazaba la pasividad. “Si le hablas al blanco un lenguaje no violento no te entenderá. Si se dirigen a ti en un lenguaje de violencia, tú tendrás que responder en el mismo tono. Esto es comunicación”. Sincero y directo, Malcolm X predicaba la auto-afirmación. “La autodefensa no es violencia, es inteligencia”, no se cansaba de repetir. Malcolm, a diferencia de la verborragia de Elijah Muhammad, articulaba el justo resentimiento negro e inspiraba en sus seguidores orgullo por el color de su piel. Algunos sociólogos han señalado que uno de los aspectos más interesantes de la prédica de Malcolm era su exhortación a los negros pobres e iletrados a que dejaran de reforzar su inferioridad mediante las drogas, el alcohol y el crimen. “Ese fue el genio de Malcolm”,  dice Charles Silberman, autor de The crisis in Black and White (La crisis en Blanco y Negro), un Libro muy admirado por el propio Malcolm. “El vio que el primer paso era articular la rabia negra y el segundo, instrumentarla para movilizar a los negros a asumir el control de sus vidas”.

En 1964, el púgil Cassius Marcellus Clay Junior, amigo personal de Malcolm desde 1962, se afiliaba a los Musulmanes Negros y se convertía al Islam cambiando su nombre por el de Muhammad Alí. Por esa época, de hecho, la opinión negra norteamericana estaba polarizada entre el discurso pacifista y conciliador de Martín Luther King y el discurso de la lucha armada y revolucionaria, que tenía en Malcolm (a uno de sus voceros más esclarecidos y articulados. En la década del cincuenta, Malcolm solía fustigar a King y acusarlo de ser un Tío Tom (alusivo a la novela “La cabaña del Tío Tom”, escrita por la norteamericana Harriet Beecher Stowe en 1852), como despectivamente se llama a los negros sumisos y negociadores. Así, oportunamente, criticó abiertamente que King hubiera ganado el Premio Nobel de la Paz: “Si me ofrecieran Premio Nobel me suicidaría, sabría que algo marchaba mal”, dijo Malcolm X.

PEREGR1NACION A LA MECA

La habilidad para la respuesta tipo dardo que poseía Malcolm X para enfrentar las interpelaciones capciosas de los periodistas fue aprovechada por éstos para armar un escándalo con el fin de despresti­giarlo ante la opinión pública. Fue a raíz del asesinato de John Fitzgerald Kennedy en noviembre de 1963. Leamos como Malcolm narra el incidente ocurrido el 25 de noviembre (tres días después del magnicidio) en el Manhattan Center de la ciudad de Nueva York, lugar donde acababa de brindar una conferencia:

¡Cuantas veces he releído esas notas, preparadas ocho días antes del asesinato! Llevaban por título “El juicio de Dios al blanco de Estados Unidos”. El discurso giraba en torno al dicho “quien síembra vientos, recoge tempestades”, sobre el cual había disertado en otras ocasio­nes. Es decir, hablaba de que el hipócrita hombre blanco recogía lo que él mismo había sembrado. Concluida la intervención, comenzó el turno de preguntas de la prensa, y como era inevitable la primera de ellas fue: “¿Qué piensa usted acerca del asesinato del presidente Kennedy?”. Sin pensarlo dos veces, manifesté lo que sentía. “Las gallinas regresan a descansar en su percha” —En inglés: The chickens coming home to roost, lo cual, como después explica Malcolm X, hace alusión a que los perjuicios que uno ocasiona recaen al final sobre la misma persona que los origina (Nota de los Traductores de la Autobíográfia)— respondí...

Los titulares y las emisoras radiofónicas la difundieron rápidamente. “Las gallinas regresan a descansar en su percha”, afirma Malcolm X, jefe de los musulmanes negros. Me resulta fastidioso hablar de esta cuestión ahora, pero en aquel momento, en todo Estados Unidos y en el resto del mundo, figuras de talla internacional decían lo mismo que yo había dicho, de diversas formas y con mucha más rotundidad. Todos estaban de acuerdo en que el clima de odio que reinaba en el país era el culpable del asesinato del presidente. Pero si esas mismas palabras las pronunciaba Malcom  X, resultaba ominoso.

La insidia orquestada desde los medios tuvo sus frutos. La creencia general fue que Malcolm X se alegraba de la muerte del presidente. Sin embargo, la sorpresa mayor sería la reacción de Elijah Muhammad ante el suceso que fue inesperada para Macolm: le descalificó como portavoz. Elijah era de esos que el refrán popular describe con precisión: “Mucho ruido y pocas nueces”. A la hora de la verdad el controvertido líder no solo retrocedía ante el sistema, sino que hacía todo lo posible por no quedar pegado a la figura de su intransigente discípulo. Pero Malcolm X siguió el Sendero Recto de1 Islam, con un espíritu imperturbable y redobladas energías. Fue así como continuó asesorando a Muhammad Alí (ex Cassius Clay) en el estudio del Sagrado Corán y los principios musulmanes. “La religión le da la autoconfianza y la fuerza necesaria para ser campeón”, dijo de su her­mano en la fe. Por su parte, Malcolm sacó fuerza de su ruptura con el maestro para fundar su propia organización, su propia mezquita. Sus reflexiones le llevaron a abordar el problema negro, el problema del racismo, en un contexto internacional. Comenzó a hablar de denunciar en las Naciones Unidas el caso de Estados Unidos como nación opresora y neocolonialista. Al mismo tiempo crecieron sus sospechas de que estaba siendo vigilado y de que su vida corría peligro. El riesgo, convertido ya en amenazas de muerte y en un ataque a su casa, se hizo mayor a su vuelta de La Meca. A mediados de abril de 1964, Malcolm X realizó el Hayy: la santa peregrinación a la ciudad de La Meca que el Islam impone a los creyentes, al menos una vez en la vida. A su paso por Egipto, tuvo la siguiente experiencia: Todo el mundo me acogía fraternalmente y se extrañaba de ver a un mu­sulmán... ¡norteamericano! Conocí a un científico egipcio que iba con su esposa a La Meca. Me invitaron a cenar a un restaurante de Heliópolís, en los alrededores de El Cairo. Era una pareja muy bien informada y muy inteligente. El científico me explicó que uno de los motivos por el que las potencias occidentales se mostraban hostiles a Egipto consistía en que el país se industrializaba rápidamente y señalaba el camino a los demás países africanos. “¿Por qué hay gente en el mundo que se muere de hambre —me preguntó su mujer—, cuando en Estados Unidos sobran alimentos? ¿Qué hacen con ellos? ¿Los tiran al océano?”. “Sí—le respondí—, pero con los subsidios que da el Estado, se guarda una parte en las bodegas de los barcos, en los graneros y en cámaras frigoríficas y queda allí, bajo la vigilancia de un pequeño ejército de guardias, hasta que la producción se echa a perder. Entonces otro ejército de gente se encarga de deshacerse de esos alimentos de modo que quede sitio para guardar el nuevo lote de producción excedente.” Vi la expresión de incredulidad en el rostro de aquella mujer. Debió de pensar que yo bromeaba. El contribuyente norteamericano sabe que digo la verdad. No le dije a la señora que, en Estados Unidos, hay gente que pasa hambre.

La peregrinación hizo que Malcom tuviera una percepción más profunda del Islam al tiempo que cambió su nombre por el de “El­ Hayy Malik El Shabazz”:

Aquella mañana empecé a revisar la idea que me había formado acerca del “hombre blanco”. Vislumbré que la expresión “hombre blanco” (en el sentido que nosotros le dábamos) hacía referencia —sólo en segundo término— al color de la piel; el significado principal tenía que ver con actitudes y hechos. En Estados Unidos, cuando hablábamos del “hombre blanco”, aludíamos al modo específico de tratar al negro y a las demás gentes de color. Pero en el mundo musulmán, acababa de ver hombres de piel blanca que me dispensaban un trato fraterno que yo nunca había recibida.

Y una vez finalizada la santa peregrinación:

...una veintena de peregrinos, entre los que me encontraba yo, se reunieron en una tienda montada en el monte Arafat. Por ser el musulmán norteamericano, era quien despertaba el más vivo interés. Me hacían muchas preguntas. Algunos peregrinos hablaban inglés y me servían de intérpretes. ¿Qué me había impresionado más durante la peregrinación? “1La fraternidad! —respondí sin vacilar—. Estos hombres de todas las razas, de todos los colores, de todos los países del mundo, forman uno solo. Lo que demuestra que hay un solo Dios y que es Todopoderoso.”

Luego de completar su hayy, Malcolm inició una pequeña gira por distintos países del Tercer Mundo. En primer lugar voló al Líbano donde expuso a los estudiantes de la Universidad Americana de Beirut la verdad de la situación de los negros en Estados Unidos. Al realizar un breve paseo por la otrora “Montecarlo” del Medio Oriente, hizo estos apuntes:

De inmediato captaron mi atención las mujeres libanesas por lo sorprendente de su actitud y de sus atuendos. En Tierra Santa había visto a las mujeres árabes muy modestas y muy femeninas, pero allí me encontraba con el súbito contraste de las mujeres libanesas, medio francesas, medio árabes, que mostraban en sus vestidos y actitudes en público una mayor libertad y audacia. Vi la evidente influencia europea sobre la cultura libanesa. Me demostró que la fortaleza moral de un país, o su debili­dad, puede medirse fácilmente por la actitud pública y el atuendo de sus mujeres, en especial de las jóvenes. Allí donde el énfasis sobre las cosas materiales ha ahogado los valores espirituales, invariablemente las mujeres lo reflejan. Contemplemos a las mujeres tanto jóvenes como mayores de Estados Unidos, donde prácticamente no quedan valores morales. En la mayoría de los países sólo parece existir un extremo o el otro. El verdadero paraíso estaría allí donde el progreso material y los valores espirituales se mantuvieran en su debido equilibrio.

Continuó su viaje por varias regiones del Africa como embajador de la comunidad afroaméricana y se entrevistó con diversos líderes. “Les dije que somos parte de la mismna familia. Les recordé que millones de americanos venimos de Africa y estamos siendo víctimas también del colonialismo de Estados Unidos. No es un problema de derechos civiles, sino de derechos humanos”. dijo a su vuelta.

Malcolm volvió a Nueva York el 21 de mayo de 1964. Al día siguiente conducía su coche por la carretera cuando en un semáforo en rojo otro coche se detuvo junto al suyo:

Lo conducía una mujer blanca, y en el asiento contiguo, de mi lado, había un hombre blanco. ‘¡Malcohn X!” gritó él, y cuando lo miré sacó la mano por la ventanilla sonriendo. “¿Le importaría estrecharle la mano a un hombre blanco?”. ¡Figúrense! Justo cuando el semáforo cambiaba a verde le contesté: “No me importa estrechar la mano a un ser humano. ¿Lo es usted?”.

Tiempo después, Malcolm envió un informe de 8 páginas a 33 nacio­nes africanas para que lo apoyaran en las Naciones Unidas en su denuncia de la falta de derechos humanos en los Estados Unidos. Varios embajadores norteamericanos se quejaron y también hombres de negocios, que temían que la influencia de Malcolm perjudicara sus posiciones de Africa. En el contexto local, cientos de seguidores de Elijah Muhammad se habían pasado al bando de Malcolm X y el veterano líder sintió que perdía poder. “Los celos por el liderazgo fueron la verdadera razón de mi expulsión de La Nación del Islam”, dijo Malcolm X a la prensa.

«El que me siga tiene que estar dispuesto a ir a la cárcel o al cementerio»

MARTIRIO Y VIGENCIA 

El 14 de febrero de 1965, Malcolm y su familia escaparon de un intento de asesinato. Su casa fue incendiada. Era el preludio de lo que sucedería una semana después. Fue en una diáfana y soleada tarde de domingo (21 de febrero), en el Audubon Ballroom, entre Broadway y la avenida St. Nicholas, en el lado sur de la calle 166 oeste, del barrio Harlem de Nueva York. Era un edificio de dos plantas que se alquilaba con frecuencia para bailes, funciones y conferencias de diversas organizaciones políticas y sociales. Malcolm tenía 39 años y por primera vez el hombre que electrizaba audiencias durante horas, sin parar ni consultar notas, no pudo hablar más que unos minutos. En el salón Audubon, donde aguardaban los conspiradores, no había control de armas; él no lo quería. “¿Si no puedo sentirme seguro entre mi propia gente, dónde voy a estarlo?” decía. Muchas veces había pedido protección policial, pero no le hicieron caso, según comentó tiempos después su esposa Betty. La policía tampoco estaba en esa oca­sión y los asesinos cumplieron su labor.

Una mujer que estaba cerca del escenario relata: “La conmoción que hubo en la parte de atrás me distrajo un instante, luego volví a girarme para mirar a Malcom X,  justo a tiempo para ver al menos a tres hombres en la primera fila levantarse, apuntar y disparar simultáneamente. Parecía un pelotón de fusilamiento.” Numerosas personas afirmaron más tarde que vieron a dos hombres corriendo hacia el escenario, uno empuñando una pistola y el otro dos revólveres. El periodista de la agencia UPI (United Press International), Stanley Scott, lo vio así: “Sonaron disparos. Hombres, mujeres y niños se apresuraron a protegerse. Se tiraron al suelo y se agacharon bajo las mesas.” El periodista de la emisora de radio WMCA, Hugh Simpson, explicó: “Entonces oí un sonido amortiguado, vi a Malcolm con las manos aún levantadas, luego cayó hacia atrás sobre las sillas que tenía detrás. Todo el mundo gritaba. Vi a un hombre que había a mi espalda disparando una pistola a través de la chaqueta, mientras yo también me tiraba al suelo. Disparaba como si estuviera en una película del Oeste, retrocediendo hacia la puerta y disparando al mismo tiempo.” La joven que estaba en la antecámara entre bastidores me contó que “sonaba como si un ejército hubiera asaltado el edificio. De alguna manera lo supe. No fui a mirar. Quería recordarlo tal como era.”

Malcolm X fue alcanzado por dieciséis perdigones de escopeta y balas de revólveres y pistolas de diversos calibres. Uno de los pistoleros fue linchado allí mismo por los musulmanes presentes. Otros varios fugaron. Tres más fueron condenados a cadena perpetua en 1968, un mes después del juicio, en el que el magistrado rechazó la apertura de los archivos policiales, con un cente­nar de declaraciones de testigos presénciales. Un miembro de los Musulmanes Negros que se ofreció a revelar documentos implicando al Gobierno de Estados Unidos fue hallado muerto por sobredosis de pastillas para dormir...

Numerosos partidarios y admiradores de Malcolm X, así como periodistas, escritores e investigadores, acusan a la CIA, al FBI y la policía metropolitana de Nueva York, de coaligarse para urdir el asesinato del líder musulmán. “La gente cree mayoritariamente que fue muerto por el FBI, es el destino de quie­nes alzan la voz”, sintetiza Johnny Cochran, prominente abogado negro de Los Angeles. El reciente documental televisivo de la cadena CBS señala en esa dirección. Los archivos “del sujeto llamado Malcolm X” eran los más voluminosos del FBI. “A Malcolm X lo mataron cuando era menos hablador, pero más sutil y, por tanto, más peligroso”, dice el profesor Barbour, autor del libro Black Power (Poder Negro). La esposa de Malcolm, Betty Shabazz, nunca hizo comentarios públicos. Una actitud silenciosa que aún mantiene. En el momento del asesinato estaba embarazada de dos hijas gemelas y tenía otras cuatro niñas pequeñas. También conocida como la hermana Betty X, siempre se distinguió por ser una mujer musulmana muy humilde y valiente.

Si durante su vida las cosas no fueron fáciles para Malcolm, tampoco lo fue celebrar su funeral. Los templos de Harlem se negaban a realizarlo por temor a represalias o a quedar involucrados. Al final se llevó a cabo en la Unity Funeral Home del Harlem neoyorkino. El sheij Ahmed Hassoun, un religioso sudanés que había sido el consejero espiritual de Malcolm, fue el encargado de preparar el cuerpo según el rito musulmán. Más de veinte mil personas desfilaron por allí a presentar sus respetos. No faltó su hermano y amigo íntimo Muhammad Alí (ex Cassius Clay). Y también pasó por el recinto Elijah Muhammad, que el día del asesinato se apresuró a decir “Malcohn X murió como él predicó. Sus armas se volvieron contra él. No podíamos tolerar un hombre así. El predicaba la guerra. Nosotros la paz”. El dramaturgo Ossie Davis, amigo íntimo de Malcolm X, hizo en el funeral una despedida que aún arranca lágrimas a cuantos la oyen. Davis parafraseó a Shakespeare en Ricardo II, para despedir a su amigo: “Lo que enterramos ahora ya no es un hombre sino una semilla, que tras el invierno de nuestra rabia volverá a reunirse con nosotros”. “Nuestro príncipe, nuestro brillante príncipe negro”, concluyó, esta vez citando un parlamento de Hamlet.

Lejos de Harlem, en tierras del Tercer Mundo, la prensa había dado al asesinato una cobertura informativa que había irritado en gran medida al Departamento de Información de Estados Unidos. Por ejemplo, el Ghanaian Times, de Accra, capital de Ghana, llamó a Malcolm X “el militante más popular de los líderes anti segregacionistas afroaméricanos”, y añadía su nombre a la lista de “un montón de africanos y norteamericanos”, que iba desde John Brown a Patrice Lumumba, “que fueron mártires por la causa de la libertad”. En Pekín, China, el Diario del Pueblo decía que el asesinato había ocurrido “porque Malcolm X... luchaba por la emancipación de los veintitrés millones de negros norteamericanos”. Irónicamente el Pravda, de Moscú, que se autoconfe­saba “furiosamente antinorteamericano”, hacía una breve reseña y no llevaba ningún comentario editorial. Igualmente, otros países comunistas como Polonia, Checoeslovaquia, Hungría o Alemania Oriental, afirmaban que “pocos habían oído hablar de Malcolmn X o estaban interesados en el problema racial”. El Consejo de Organizaciones Africanas, con sede en Londres, emitió un comunicado de prensa describiendo a Malcolm como un líder de la lucha contra el imperialismo, la opresión y el racismo norteamericano”. Decía: “Los carniceros de Patrice Lumumba son los mismos monstruos que han matado a Malcolm X a sangre fría”.

El sheij Al-Hayy Hisham Yaber pronunció las últimas plegarias musulmanas sobre el féretro. Este fue bajado a la tumba, la cabeza apuntando en dirección a La Meca, según la tradición islámica. “Según el Corán escribía el New York Times, comentando el suceso—, los cuerpos de los muertos permanecen en sus tumbas hasta el Ultimo Día, el Día del Juicio. En ese día de cataclismo, los cielos se rasgarán y las montañas se reducirán a polvo, las tumbas se abrirán y los hombres serán llamados a rendir cuentas a Allah. Los benditos, los temerosos de Dios, los humildes, los caritativos, los que hayan sufrido y hayan sido perseguidos por causa de Allah o luchado en guerras religiosas por el Islam, serán llamados al Jardín del Paraíso. Los malditos, los codiciosos, los malhechores, los seguidores de otros dioses que no sean Allah, serán enviados al Fuego Eterno, donde los alimentarán con agua hirviendo y cobre fundido. La muerte de la que huís se apoderará totalmente de vosotros—reza el Corán—. Luego seréis enviados de nuevo al Sabedor de las cosas secretas y descubiertas, y El os enseñará la verdad de vuestros actos”.

El escritor y filósofo argentino Juan José Hernández Arregui (1912-1974) refiriéndose a la hipocresía de la democracia norteamericana, cita en uno de sus libros una fórmula del presidente Abraham Lincoln:

La convivencia entre blancos y negros es un posible. Es necesario preparar la emigración. Son razas distintas y una debe ser superior a la otra. Yo blanco, creo que la raza blanca es superior. El hombre negro debe ser libre, pero no lo concibo como votante o magistrado. (J.J. Hernández Arregui, Nacionalismo y Liberación, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1973, pág. 180).

El mismo Lincoln había dicho que “Se puede engañar a todos algún tiempo... y algunos todo el tiempo...pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Malcolm X fue uno de los que se encargó de demostrar que los Estados Unidos “no pueden engañar a todos todo el tiempo...”. Hoy día, Jesse Jackson, el precandidato demócrata negro a la primera magistratura de los Estados Unidos en un artículo titulado “Motines de Los Angeles: una advertencia ignorada” reconoce, entre otras muchas cosas, que una bomba de tiempo está por estallar en el corazón de la nación líder del Primer Mundo:

San Luis del Este es un 98 por ciento negro. No tiene servicios de obstetricia, no tiene recolección regular de su basura. El 75 por ciento de su población vive de la beneficencia... Los adultos de San Luis del Este están abandonados sin esperanza. Sus niños están entre los más enfermos de Norteamérica. East St. Louis está en quinto lugar en muertos fetales, primero en nacimientos prematuros, tercero en muerte infantil. Los niños están hamnbrientos y carecen de cuidados médicos... En Los Angeles tenemos la advertencia de lo que nos espera, los más costosos motines del siglo XX, un levantamiento de desesperados... ¿Nos convertiremos en una nación llena de hogares empobrecidos como San Luis del este, rodeados por una minoría con mayores posibilidades?... (publicado por El Cronista de Buenos Aires, en su edición del martes 20 de octubre de 1992, pág.18).  

LA PELICULA

Malcolm X ha resucitado. Pero ¿qué es lo que ha originado su resurgimiento luego de 28 años de silencio? Las causas son muchas. Una ha sido el rebrote de la violencia racial motivada por un mayor empobrecimiento de las masas de color en los EE.UU., de la cual los motines y enfrentamientos que tuvieron como epicentro la ciudad californiana de Los Angeles, entre el miércoles 29 de abril y el viernes 1º de mayo de 1992, constituyen una seria advertencia. En épocas de lucha y resistencia los pueblos apelan a sus caudillos históricos y Malcolm X quedó —en el decir de nuestro Don Atahualpa Yupanqui— “prendido como abrojo en la memoria” de las hermanas y hermanos negros como bandera de rebelión. Otro ha sido, sin lugar a dudas, el oleaje que ha levantado la película del director cinematográfico Spike Lee O. Sin embargo, la influencia de Malcolm X no es nueva. Desde un principio sus ideas han inspirado la carrera cinematográfica de Spike Lee y de los nuevos realizadores negros; sus palabras son las balas que los raperos (danzarines del baile popular negro llamado rap) lanzan desde hace una década, y su vida, que él mismo relató al escritor Alex Haley, ha sido la biblia para miles de afroamericanos. Publicada en 1965, poco después del martirio de su protagonista, la autobiografía de Malcolm X ha tenido más de 40 ediciones y en los dos últimos años sus ventas se han multiplicado un 300%. “La Autobiografía es peculiar porque aborda hechos que están sucediendo en ese preciso momento, es una crónica. Y es el viaje espiritual de Malcolmn X. Este libro es un ser vivo, al que Haley deja respirar”, señala Floyd B. Barbour, profesor de Estudios Afroamericanos de la Universidad de Boston. Precisamente, la película de Spike Lee está basada en la autobiografía relatada por Haley’. A ello hay que añadir la edición de Lee “en puntos claves”, tales como el principio y el final de la película: comienza con el famoso video de la paliza a Rodney King por la policía de Los Angeles y culmina con escenas de la vida diaria en Soweto, el mayor ghetto negro de Sudáfrica, ubicado en la periferia de Johannesburgo.

La película Malcom X de Spike Lee tiene una duración aproximada de tres horas y media. El protagonista, Denzel Washington, ya interpretó a Malcolm X en teatro hace diez años y se ha interiorizado tanto a su personaje que hasta en la vida real habla como él. El propio Lee actúa en la película y ha conseguido que aparezca en pantalla Nelson Mandela, el líder negro del Congreso Nacional Africano que pasó 27 años de su vida en una cárcel sudafricana, y que la viuda de Malcolm, la hermana Betty Shabazz, haya intervenido como asesora. El 20 de noviembre de 1992 fue el día oficial del estreno en los EE.UU. Spike Lee, el director de la película —ya polémica incluso antes de su rodaje—, dijo a los niños que de ser preciso no fuesen ese día a clase, porque “en el cine van a aprender más historia que en la escuela”. Tomás Eloy Martínez, articulista del matutino Página 12 de Buenos Aires, en la contratapa de su edición del domingo 20 de diciembre, realiza un pormenorizado comentario del film Malcolm X, confesando emocionado que “la intensidad de las imágenes es tal que el film sólo puede verse en el cine. El video lo degradará y convertirá sus de­talles en un laberinto de cenizas”... Justamente, desde principios de diciembre de 1992, en Buenos Aires crecieron los rumores en el ambiente de las distribuidoras cinematográficas sobre la posibilidad de que la promocionada película del cineasta negro Spike Lee, Malcolm X, no se estrene en los cines de la Argentina debido a presiones ejercidas desde una colectividad con enormes recur­sos económicos y políticos, y el film sea lanzado en video. Parece ser que esos mismos que tienen como deporte rasgarse las vestiduras, ulular como sirenas y embanderarse con la libertad de expresión, la reivindicación de los derechos humanos, el pluralismo y la lucha contra el autoritarismo y la discriminación racial y religiosa, siempre son los primeros en pedir la censura y la represión contra las obras de arte y las expresiones culturales genuinamente populares que no convienen a sus intereses de usureros y traficantes.

MALCOLM X: EL EJEMPLO DEL MARTIR

Malcolm X es un ejemplo de como un hombre en la lucha contra sí mismo, o sea contra sus propias debilidades, vicios y contradicciones, puede esforzarse, reformarse y vencer al mal en el Nombre de Dios. En una época en que el marxismo parecía tener todas las respuestas, Malcolm se convirtió al Islam. Tras siete años de prisión por llevar una vida descarriada, se convirtió en el apóstol de los musulmanes negros.

Malcolm murió tal como había vivido, como un héroe. Con el mismo espíritu del Señor de los Mártires, el Imam Husain (la Paz sea con él). Malcolm murió defendiendo la Verdad y la Justicia para poner fin a la maldad y la opresión. Así como el martirio del Imam Husain no fue en vano, tampoco lo fue el de Malcolm, quien dejó su legado de coraje y autosacrificio para ser transmitido a las futuras generaciones de creyentes en todas partes: que aceptar y abrazar el martirio por la causa de Dios y en defensa de los débiles y oprimidos es una muerte más dulce que la miel.  

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